sábado, 7 de agosto de 2010

Corazones fuertemente desgarrados.

La realidad se apodera de mi, me cuenta, me dice que ya no estas aquí. Te has ido y no voy a llorar, te has ido y no voy a volver; has desvanecido entre las sombras de miles de ilusiones y no voy a seguirte. Has muerto. En aquel oscuro salón, los cuerpos de las chicas seguían inmóviles, callados bajo la tortura. La sangre manchaba la pálida luz de la habitación donde sus tenues cadáveres yacían inexpresivos a causa del pánico. Ambas sujetaban con su mano derecha una pequeña y brillante cuchilla manchada de pesadillas, de fríos tormentos, manchada de una vida que no ha traído más que solemnes penas y ceguera a todo aquello que les rodea. Nadie las ve morir, nadie más las ve caer. Fueron, son y serán siempre inextistentes, transparentes. Tus pasos se alejan, cogen en el andén la próxima nube que parte y se van. Solos, sin nadie que los siga. Y mi corazón permanece inexorable, aunque roto, en lo alto de ese precipicio. Lucha por no caer, lucha por no dejarse caer, lucha por seguir inconmovible, por no saltar de ese despeñadero y dejar de latir, dejar de luchar. Te vas y no te sigo, me quedo para esperar sentada a mi muerte. Me siento para ver pasar mi vida, día a día ver pasar a la gente que no se para a mirarme, ver pasar a todas esas personas que una vez conocí, verlas pasar de largo y verlas desaparecer con el tiempo. Ver que todo mi mundo sigue adelante y yo me quedo atrapada en el abandono, en la mentira de tu recuerdo, en el purgatorio, castigada por amar con locura a otra persona, castigada por amar hasta sangrar a un ángel que me arrancó mi roto corazón y se lo llevó consigo. Una de las jóvenes viste con un vestido negro azabache, la otra viste con un vestido blanco, ahora manchado por su efímero pasado. La frágil muñeca del vestido negro casi oscuro yace estirada en el suelo opuesta al otro cadáver. Su larga melena castaña se alborota por el suelo de la habitación, se desordena. Viste de luto, pues hoy fallece ella y tú. La brillantez de sus ojos era abismal, la chica que vestía de blanco celebraba hoy el nacimiento de algo nuevo, el florecer de un nuevo amor que substituirá todo lo que tú no supiste conservar. Mi decidido corazón se da la vuelta y camina descalzo por la uniforme piedra hasta encontrarse con el horizonte, pues aunque tú no estés, aunque tú hayas muerto, yo seguiré mi camino, con él.



¿puede nuestro amor obrar milagros?

No hay comentarios:

Publicar un comentario