
Pequeño gorrión, sumido en tus humildes suplicas y letanía. Duermes infeliz en tu celda, deseando batir tus alas y echar a volar, ansioso por tocar el sol que rindes por tu ambición. Tiendes a vivir en una burda espiral de bramidos y espectros insaciables. Miras a tu alrededor y ves el silencio de un armazón, formado por los barrotes de una vida infeliz y la sombra de tu propia soledad.
Avistas, artero, la salida de tu cárcel y diseñas tu fuga, sutil. Deseoso por agitar tus alas, pequeño gorrión, sin meditarlo dos veces, te golpeas contra la agridulce realidad y echas a volar. Al entreabrir tus ojos hundidos en lágrimas, despiertas entre las magulladas y agudas garras de un astuto gato. Con un sólo mordisco hila tus hebras entre sus colmillos y te devuelve al más sublime dolor de tus entrañas, expuestas a la corriente del entorno, frío y lluvioso. Sangre carmesina se vierte entre el letárgico descansar de tus ojos mortecinos.
¿No te das cuenta demente? El gato posee tus ojos avernos en esta quimera. Odias, escribes sin pensar. El afecto de tus días se tiñe con la tinta de tu rencor. Ardes en tu ira como inflamable gas que en un momento se sublimó. Gato indomable ¿Acaso crees que eres salvaje? Deja de herir a aquellos que te dieron cobijo bajo sus alas. Olvida tus instintos letales de asesino y no seas la víctima de tus impulsos de montero. Nunca ejecutes a quienes te dieron la vida. Por que aun que te lo diga el viento, ellos nunca te van a fallar, tan sólo tú mismo te estás fusilando sobre el papel.
El cazador nunca gana la partida aun por tener todas las cabezas de sus presas colgadas en la pared, pues al saciar su hambre, se condena a vivir solo el resto de su vida.
El Lobo.