Los engranajes y meticulosos mecanismos del reloj avanzan sin dejarse llevar por las adversidades que quieran detenerlos. La vivaz llama sigue sin apagarse a través del universo. El centellear de los destellos que derrama el cigarrillo se baña lentamente en un mar de cenizas grisáceas, como lágrimas cristalinas sumidas en la inmensidad de un vacío sin sentido.
Entre la neblina del humo de mis memorias encuentro, al fin, la nebulosa imagen de mis reminiscencias más abismales. Su recuerdo, el ferviente aroma de la pasión más visceral, el dulce sabor de mi evanescente y etérea quimera. Fantasioso destino, quien jugó plácidamente con nuestro pequeño ensueño, gravitando sobre nosotros nubes de desdichas relegadas, recreándose al proscribir la insensata perfección de un cuento de hadas, arrebatándonos el tiempo, despojándonos de nuestros deseos, alejando nuestra historia en el olvido. Estúpido sino, te olvidaste de robarnos el amor.
Se hace la noche, la música me posee en un sueño amorfo y confuso. Miles de borrosas formas indefinidas danzan a mi alrededor. Entre el desorden y la densa penumbra, mi mirada se cruza fortuitamente con la suya, descolocando enteramente mi esencia. Me invade la fragilidad, sus ojos me impiden hallar mi centro de gravedad, me observan fijamente llevándose con ellos mi equilibrio y mi destreza. Siento como absorbe lentamente cada ápice de mi ser, me desarma con tan solo un parpadeo. La lujuria y el anhelo de su perfume me elevan a una dimensión paralela. Una descarga de sensaciones irrumpe en mi calma, mi piel se electriza, mis pupilas se dilatan, mi corazón renace de entre los muertos. Su sombra se enreda con la mía haciéndonos eterna e irremediablemente inseparables. Él, tan sólo él.
Enmarañados en el azul vaivén de las olas, cautivos en los brazos de un romance inmemorial. Pasan los segundos, ínfimos, y sigo presa en sus pensamientos, esclava de sus labios, bebiendo cada uno de sus bellos suspiros. La armonía y la pureza deleitan en mi ser sus delirios juzgando la realidad con mis más temidos miedos ¿Es esto un sueño inconcebible? Dormida en la confusión de su melena, bajo los secretos de su piel, en la sublimidad de sus labios, sueño con un apacible expirar a su lado. Nada es para siempre.
La noche se hace imperecedera en mí. Tu sabor se reserva en m memoria, cual bálsamo salvador custodiado por mis cinco sentidos. El miedo se imparte sobre mí, ahora sólo serás un recuerdo, mi más preciado recuerdo. Mi sangre se torna morada, la ponzoña se extiende por mis venas creando un monstruo dentro de mí, un híbrido entre la realidad y pequeñas fracciones gastadas de burdos espejismos, el monstruo de Frankenstein. Ardes en mi piel, tu nombre me lacera como si cruentos cortes pronunciara. Sanguinario asesino, el olvido, que quiere alejarme de ti. Jamás el tiempo ha sido para mí tan irascible, me daña cada segundo en la distancia, no dejo de sangrar. Mi alma es esclava de tu memoria, vuelvo a bailar entre los muertos, mediocre en tu ausencia. Con el paso de los días no postergo tu suave respirar; lo conservo en la hoja del puñal, acompasado con los incesantes golpes del desfigurado reloj. El tiempo artero hace mella en mí, no consigo olvidarme de ti. El añejo fantasma de mi existencia se evade entre mis manos, mi mundo se destruye. Me consume la tristeza de tu pérdida, no alcanzo mis más renegadas respuestas. Soy reo de tu huida, culpable de tu fuga, por todo aquello que me quedó por valorar. Te necesito tan cerca. El desdén y el rencor se apoderan de mi cadáver, vagando a su deleite por las calles de una ciudad solemne y desierta, en busca de siluetas a las que mutilar, en caza de simetría a la que perturbar. Ansío deceso y decadencia, anhelo todo aquello que perdí.
Largas noches de verano, primavera, abrumador otoño, frío invierno; pasan los días hasta lograr trenzarme bajo la tormenta y así, mudarme de lluvia.
El tiempo no hace olvidar, tan solo permite velar lo vivido en el pasado y conservarlo aparcado en un diminuto rincón del corazón. Pero nunca conseguirá silenciar las voces que me repitan cuanto le amé, cuanto le amo y cuanto le amaré.
El planeta gira sobre su eje, despaciosamente me desestabiliza. Cual susurro su presencia se filtra entre las enredaderas de mi ser y permite un dulce e insensato movimiento entre las diminutas partículas de mi alma. Más allá del horizonte, un prado extenso de llanuras coloradas, y en su plenitud percibo el intenso aroma de las flores mecido por la brisa sureña que atrae inconscientemente sus pasos a este mar caleidoscópico, donde mis labios yacen desnudos una eternidad en soledad.
Aún recuerdo el duelo de tu muerte, amor mío.
Florecen y avivan de nuevo los colores al rubor de mis mejillas. Mi palidez mortecina vuelve a la vida a merced de los bizarros rayos de luz, mi piel incauta vuelve a respirar de sus suspiros, todavía lejanos. Oigo el renacer del sol, quien alumbra tras décadas de oscuridad, la dichosa planicie que deslumbraba mis sueños. Intrépidas mariposas despiertan suavemente mis ojos de su pendenciero letargo y bailotean frente a ellos hasta que consigo frenar mis inocentes parpadeos. Despertar cegador ¡cuántos años has tardado! Mi hueco cuerpo se levanta alcanzando el cielo, posándose sobre mis pies descalzos. Siento el tierno balanceo del centeno en mi piel. La pureza de mis ropas lechosas me confunden con la blancura de las nubes, quienes huyen clareando una imperturbable cúpula celeste.
Le veo, aguda y descabellada ilusión, pierdo la razón. Espejismo incomprensible te adueñas de mi sensatez, me robas la cordura. Sus manos rozan las mías en un huracán de silentes palabras, inconfesables deseos y sueños que aún están por cumplir. A través del tiempo y la distancia, al fin nuestra historia retoña. Mis ojos se posan sobre los suyos llevando nuestros labios a rozarse.
Mi dulce y perfectamente imperfecto tú, mi corazón es tuyo.
Siempre, Hache.