En tan sólo un instante, un palpitar, he recorrido el mundo entero.
He palpado los suburbios de mi mente, vagando así por mis eternos rincones anímicos, cual muñeca de trapo. Sin rumbo alguno, sin espíritu, sin pasos firmes. La brisa me ha ladeado y no he vuelto atrás, mas miedos y recuerdos me atormentan con pequeñas instancias de cúmulos casi vacíos de silencio. He permanecido etérea frente a la tormenta, la lluvia caía y yo formaba parte de ella. Sumida en el letargo del alma, he acariciado el limbo desde nimbos altos como el cielo. Encerrada en mi frágil meteoro crucé los mares, serena, deambulando en busca de un ángel caído que vele por mí, como no he sabido hacerlo yo. Trencé mi piel con mis prejuicios hasta hacerlos reales, me condené por un delito que nunca cometí. Nunca cupo lugar en mi ser para remordimientos o indulgencias. Ni un sólo segundo para retractarme o rehacer mis desdichas.
Purgué en mi era de condena; claudiqué y yací en penitencia, escondida de miradas sombrías, tras mefistofélicas sentencias del más oscuro inframundo. Tolerando su lacerante ponzoña bajo mi fuero más íntimo.
Vaporicé mi existencia y mudé en esencia. Con el paso del tiempo desvanezco, hasta mi último día seré infinitamente evanescente. Temblorosa ante mis miedos, ante el pasado que nunca podré ahuyentar. Endeble frente al viento que me mece. Intentando redimir mis pasos y penándolos con más de cien años de súbito invierno, desazón y dolor. Suscitándome lesiones y heridas por crímenes que quizá nunca consumaré. Pero seguiré bailando sobre la débil inestabilidad de la cuerda que rige y orienta el cauce de mi amargo destino.
Siempre, Hache.
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