No dejo de pensar. Las nubes no dejan de moverse, sin embargo yo me quedo estática mirándolas. Tan sólo soy una persona encerrada en mi propio mundo. Mi corazón late lentamente, así como se consume el cigarrillo entre mis dedos, desnudos. Miro a mi alrededor y no dejo de ver máscaras que se mueven de un lado a otro, con rumbo, o sin él ¿Qué más da? No creo que sea importante el hecho de retenerse en un camino que te guíe hasta tu destino. Un destino desconocido, escondido tras la neblina de los días que aún están por llegar. Mientras, el viento te susurra ironías como " de los errores se aprende", "pronto se hace tarde", "nunca es tarde", "nunca digas nunca" o "después de la tormenta llega la calma".
Mi mayor error fue esperar a que amainase la tormenta, quedarme estática, pensar que algún día acabaría todo, tocar fondo y no perder la esperanza. ¿Cómo he llegado hasta aquí? Fueron las cinco palabras que me preguntaba todas las interminables noches de insomnio mientras la lluvia acechaba mi ventana y los relámpagos mi serenidad. Y ahora recuerdo frágiles momentos de lamentos inválidos, lisiados por la falta de todo aquello que había perdido. Cuatro paredes y una salida. Encerrada entre miles de mariposas que me recordaban que para llegar al cielo hay que tocar fondo. Para rozar las estrellas tengo que poner los pies en el suelo y luego seguir adelante.
Sigo adelante con el rostro descubierto, expuesta a cualquier desgraciado que quiera volver a hundirme en la miseria, escondido tras una máscara de confusión y desolación, Dios sabrá por qué. Sigo andando, pero no sigo mi camino, no quiero llegar a mi destino. No quiero tener escrito mi final. Sólo quiero vivir intensamente cada momento de mi existencia, quizás efímera, quizás sublime, quién sabe. Y nada ni nadie conseguirá volver a pararme, pues la tormenta no amainará nunca, simplemente tengo que formar parte de ella, acostumbrarme. La vida es un vaivén de colores, sensaciones y circunstancias. Seguiré lentamente mis pasos hacia el horizonte, donde pueda ver el sol. Sin rumbo alguno, guiarme por aquello que los ojos no pueden ver. Improvisar cada segundo de mis días. No esperar sentada, no esperar a nada ni a nadie y cuando tenga miedo no saldré corriendo, no cambiaré mi dirección, sólo lucharé contra las adversidades hasta sumirme en el letargo mortal. No voy a rendirme, esta vez no, esta vez no cerraré los ojos entre lágrimas y letanías. Esta vez volaré lejos del recuerdo y hilaré mis hebras en el mañana. En un mañana tentador y suculento, que poco a poco se alimentará de mi alma y respirar, hasta dejarme descansar en paz y criar malvas en una tumba poco profunda. La historia de mi vida.
Hache.
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