
Necesito pensar. Frágiles momentos en los que la lluvia cae y no me doy cuenta. Mis pasos se elevan, se suavizan, flotan junto al viento. Mi cabeza respira tiernas moléculas de aire que me perdona el cielo, gris y húmedo. Mis ojos se enternecen por que se hacen mayores, y cada vez ven más cerca el horizonte. Demasiado jóvenes para volar y demasiado mayores para llorar. Y en mi mente suena la gastada melodía del claro de luna. Valientes notas de piano sin voz alguna que les diga que han de sentir o que han de hacer para seguir adelante, solas ante el final. Necesito vencer este miedo a perderte y olvidarme de todo por una vez. Pensar, cavilar, vagar por los infinitos mares de oscuridad que las nubes me han creado. Mi cuerpo fantasmal deja de andar por el bosque y se estira en un extenso prado de hierva verde frente a la tormenta. Mis ropas mojadas dibujan una bella figura delicada, suavemente hecha de cristal. Mi mirada sigue el camino de las grises nubes tiradas por la fuerte brisa que las lleva y las guía sobre mi cadáver pensativo. Mi piel, fría como la nieve, se moja lentamente y tiñe mi rostro de blanco y mis labios de un púrpura mortecino. Tras dejar mi mente en blanco y dejarla llevar por la tenue luz de la tormenta, vuelve a mi ser su pensamiento. Me agoniza pensar que debo perderte algún día. Tú no te das cuenta pero poco a poco la luz deja de iluminar tus ojos. Te amo mil veces más que ayer, pero la decadencia llena nuestros corazones de olvido y nos asfixia. Rezo bajo el dolor de este castigo que pueda volver a protegerte entre mis brazos de todo peligro que amenace tu vida. Imploro a los dioses que lloran en el cielo que me den la oportunidad de poder rozar por última vez tus dulces y sensatos labios a cambio de mi imperceptible respirar. Sin duda cambiaría mil días en la tierra por una inestimable y furtiva mirada de tus ojos risueños. Daría once dedos de mis manos por una sola y última caricia de tu apetitosa piel. Muero por ti, pero debo dejar de quererte cada día más. Mi corazón ha vuelto a latir gracias a ti, pero ahora he de cuidarlo para no volver a perderlo. Lentamente mis músculos se tensan y mis fuerzas se concentran en punto de mi cuerpo guiados por la simetría y el equilibrio, lentamente me levanto del suelo y miro al cielo, que me consuela rozando mi rostro con su niebla. Me arrodillo ante él y grito tu nombre para que lo oigan los ángeles y te protejan por mi. Mis cansadas manos despiertan y esbozan un hoyo en el suelo y en él dejo una lágrima, la última que me queda, en la que descansa nuestro amor. Entonces la entierro. Así, pase lo que pase, nuestro amor siempre permanecerá unido bajo tierra, donde nunca nadie pueda encontrarlo. Jamás. Mientras yo, seguiré mis pasos hasta el final.
Rubén eres mi principio y mi final, mi día y mi noche. No puedo perder ni un segundo a tu lado.
No hay comentarios:
Publicar un comentario