
Se muere. El huracán se muere. El dolor que me envenenaba se va. Abandona sus destrozos y huye. Y yo, muero, sola, desangrada, melancólica. Mi cuerpo se cristaliza, se paraliza a los pies de un árbol. Mi piel desnuda se humedece, se vuelve dulce. Mi pelo se sublima con la brisa de este bosque. Mis manos se fusionan con la piedra, ya no son mías. Mis labios se vuelven agua, fluyen y no los noto arder, todo el dolor que las lágrimas me hicieron pasar, se evapora con un beso. Mi respirar se vuelve suave, mas no se para, se une al cantar de las hojas que con el viento se mueven a mi alrededor. Mi corazón, no late, ni pesa, no noto ni su presencia. Le ofrecí los rotos fragmentos de mi corazón al alma marmórea de la nieve y se los llevó. Pese a ello, se que él lo cuidara mejor que yo lo hice alguna vez. La esperanza no me defraudará pues aunque el dolor vuelva, mi corazón guardado, sano y a salvo entre tus manos ya no sufrirá. Aún nos recuerdo, la viva imagen del hielo agarrándome fuerte de la cintura, bajo la lluvia, bajo las estrellas, bajo un hechizo. Inmortal.
Para siempre, tú y yo.
No hay comentarios:
Publicar un comentario